RECOMENZAR
Por: Loly Rojo López
CUANDO EL AÑO NUEVO se acerca o acaba de iniciarse, de una forma u otra, todos tenemos en la mente aquellas cosas que desearíamos cambiar o aquellas otras que quisiéramos que nos sucediesen.
Entrar en este tiempo abierto en el que todo puede ser nos permite, por un momento, abrazar esperanzas aunque éstas pronto se conviertan de nuevo en rutinas nada distintas a las que ya son habituales en nuestro día a día. Pero al menos podremos soñarnos como protagonista del cambio. Y es que a ¿quién no le gustaría cambiar algo de su vida? Y si alguien piensa que su vida es perfecta en la imperfección de lo que le acontece, seguro que también abrazaría la mudanza de alguna intimidad no reconocida por el temor a que esta desequilibrara su serena tranquilidad. Posiblemente, desde hace algún tiempo nos hayan enseñado mal y a su vez, hayamos transmitido, desde entonces, aún peor. Hemos comenzado a tejer nuestras desgracias desde que todos tenemos que aspirar a ser perfectos.
En primer lugar nos han convencido de la necesidad extrema que debemos tener de ser queridos y apreciados por todos, lo que condiciona nuestra felicidad al hecho de que todos o una mayoría te quieran, algo que no depende de nosotros y por tanto queda fuera de nuestro pretendido control.
Esta es la primera y más importante de las frustraciones que arrastramos a lo largo del año.
En segundo lugar, la idea de la perfección se lleva muy lejos. Hay que ser perfectos, los mejores. Ni dudar cabe que esto nos obliga a medirnos y compararnos continuamente con los demás, a no disfrutar de lo que hacemos en el temor de que otro nos supere y sobre todo y lo más corrosivo, a preocuparte constantemente de lo que puedan pensar de ti. En nuestra voluntad está pensar con claridad ante la falacia que otros urden en torno a nosotros, con nuestro permiso. Nadie te da nada. Nadie puede, si no se lo permites, quitarte nada tampoco. Es estúpido mantenernos empecinados en el «que dirán» cuando eso que dicen no puede dañar tu imagen si tú crees en ti mismo.
En tercer lugar le sigue la frustración de los fracasos. Convertir en algo catastrófico el resultado adverso de lo que se espera que salga bien.
Entonces nos invade la sensación de que todo está perdido y nada parece merecer la pena. Sin embargo, debemos pensar con tranquilidad que son muchas las estrategias que podemos poner en marcha y que si una de ellas ha sido inválida por su ineficacia, tal vez comenzar con otra diferente nos lleve a resultados distintos.
En cuarto lugar, la ansiedad anticipatoria con respecto a lo que tememos que suceda nos acorrala en un mar de dudas y angustias que siempre nos están preparando para lo peor sin darnos cuenta de que para lo peor cuando llega, nadie está preparado y sin embargo, todo el mundo sale de ello.
En quinto lugar, tendemos a evitar responsabilidades si nos es posible y a minimizar las ocasiones de enfrentarnos a las dificultades cuando podemos, aunque rodear caminos suponga más esfuerzo y menos satisfacciones. ¿Dónde queda entonces la valentía, la voluntad y la confianza en nuestras posibilidades para medirnos en lo que somos ante los retos?. La confianza en uno mismo surge sólo cuando somos los protagonistas de la acción, no cuando la evitamos observando cómo lo hacen otros. La verdadera grandeza se pone de manifiesto ante las dificultades. No ante la habilidad de evitarlas, sino en la inestimable misión de afrontarlas, entre otras cosas porque en muchas ocasiones ni si quiera pueden evitarse. Queramos o no, lo hagamos con valentía y decisión o con temor y debilidad, van a producirse de igual modo.
En sexto lugar, el buscar alguien más fuerte que nos apoye y contribuya a solucionar nuestros problemas, como condición indispensable de nuestro equilibrio, no nos ayuda a tomar las riendas de nuestra vida, ni a empujarla hacia delante siempre con la fuerza justa a medida de nuestras necesidades. La dependencia nos hace estar siempre a merced de los demás. Esto no quiere decir que no sea excelente compartir, siempre que ello no nos haga paralíticos en la toma de decisiones, ni en el saber estar día a día sin el bastón del otro. Nuestras diferencias estriban en la forma en la que nos enfrentamos a las dificultades, no en que estás sucedan a unos y a otros no. En este sentido es curioso el mensaje que Kafka, quien se consideró siempre un fracasado no por su falta de éxito literario sino por su dificultad para vivir (como destino fatal o acción intencionada) víctima de una patética vulnerabilidad, hizo escribir en su bastón:-¦ «Todos los obstáculos me rompen»-¦, sin embargo, en el de Balzac pudo leerse la inscripción contraria:-¦ «Rompo todos los obstáculos». Actitudes muy diferentes frente a lo que ineludiblemente de una forma u otra nos llega a todos.
En séptimo lugar, ligarse a la idea de que el pasado es determinante y que lo que sucedió una vez sigue afectando para siempre, se manifiesta como un necio empecinamiento en lo que ya no es e inmoviliza para poder cambiar las cosas y construir, sin cerrar puertas, un presente mejor aunque tan sólo se distinga por ser diferente.
En octavo lugar, sentirse afligido y preocupado por los problemas de los demás no es un acto de altruismo, sino que a veces se convierte en un intento de suicidio de la fortaleza que en el empeño de ocuparse de todo sólo consigue preocuparse para nada, ya que la mayoría de las veces por mucho que lo deseemos el resultado final nunca dependerá de nosotros.
En noveno lugar, buscar soluciones perfectas y correctas para todo sólo contribuirá a desbordarnos en la tiranía del control absoluto que pronto nos llevará a encorsetarnos en estrechos laberintos en los que nadie querrá entrar. La verdad, la perfección, la seguridad absoluta no existen. Ni siquiera sería bueno que existieran ya que si así fuese, desde ese momento, quedaría la vida sin su más bello engranaje: la posibilidad de confundirnos y la satisfacción de enmendarnos.
Por último, sería deseable que en este año que comenzamos fuésemos capaces de ser inteligentes no sólo para conocer, comprender y entender la vida, sino sobre todo para ejecutarla. Porque con el tiempo uno rompe estereotipos y termina afirmando como George Steiner que «la cultura no hace mejores a las personas». Una pena.
Por: Loly Rojo López
CUANDO EL AÑO NUEVO se acerca o acaba de iniciarse, de una forma u otra, todos tenemos en la mente aquellas cosas que desearíamos cambiar o aquellas otras que quisiéramos que nos sucediesen.
Entrar en este tiempo abierto en el que todo puede ser nos permite, por un momento, abrazar esperanzas aunque éstas pronto se conviertan de nuevo en rutinas nada distintas a las que ya son habituales en nuestro día a día. Pero al menos podremos soñarnos como protagonista del cambio. Y es que a ¿quién no le gustaría cambiar algo de su vida? Y si alguien piensa que su vida es perfecta en la imperfección de lo que le acontece, seguro que también abrazaría la mudanza de alguna intimidad no reconocida por el temor a que esta desequilibrara su serena tranquilidad. Posiblemente, desde hace algún tiempo nos hayan enseñado mal y a su vez, hayamos transmitido, desde entonces, aún peor. Hemos comenzado a tejer nuestras desgracias desde que todos tenemos que aspirar a ser perfectos.
En primer lugar nos han convencido de la necesidad extrema que debemos tener de ser queridos y apreciados por todos, lo que condiciona nuestra felicidad al hecho de que todos o una mayoría te quieran, algo que no depende de nosotros y por tanto queda fuera de nuestro pretendido control.
Esta es la primera y más importante de las frustraciones que arrastramos a lo largo del año.
En segundo lugar, la idea de la perfección se lleva muy lejos. Hay que ser perfectos, los mejores. Ni dudar cabe que esto nos obliga a medirnos y compararnos continuamente con los demás, a no disfrutar de lo que hacemos en el temor de que otro nos supere y sobre todo y lo más corrosivo, a preocuparte constantemente de lo que puedan pensar de ti. En nuestra voluntad está pensar con claridad ante la falacia que otros urden en torno a nosotros, con nuestro permiso. Nadie te da nada. Nadie puede, si no se lo permites, quitarte nada tampoco. Es estúpido mantenernos empecinados en el «que dirán» cuando eso que dicen no puede dañar tu imagen si tú crees en ti mismo.
En tercer lugar le sigue la frustración de los fracasos. Convertir en algo catastrófico el resultado adverso de lo que se espera que salga bien.
Entonces nos invade la sensación de que todo está perdido y nada parece merecer la pena. Sin embargo, debemos pensar con tranquilidad que son muchas las estrategias que podemos poner en marcha y que si una de ellas ha sido inválida por su ineficacia, tal vez comenzar con otra diferente nos lleve a resultados distintos.
En cuarto lugar, la ansiedad anticipatoria con respecto a lo que tememos que suceda nos acorrala en un mar de dudas y angustias que siempre nos están preparando para lo peor sin darnos cuenta de que para lo peor cuando llega, nadie está preparado y sin embargo, todo el mundo sale de ello.
En quinto lugar, tendemos a evitar responsabilidades si nos es posible y a minimizar las ocasiones de enfrentarnos a las dificultades cuando podemos, aunque rodear caminos suponga más esfuerzo y menos satisfacciones. ¿Dónde queda entonces la valentía, la voluntad y la confianza en nuestras posibilidades para medirnos en lo que somos ante los retos?. La confianza en uno mismo surge sólo cuando somos los protagonistas de la acción, no cuando la evitamos observando cómo lo hacen otros. La verdadera grandeza se pone de manifiesto ante las dificultades. No ante la habilidad de evitarlas, sino en la inestimable misión de afrontarlas, entre otras cosas porque en muchas ocasiones ni si quiera pueden evitarse. Queramos o no, lo hagamos con valentía y decisión o con temor y debilidad, van a producirse de igual modo.
En sexto lugar, el buscar alguien más fuerte que nos apoye y contribuya a solucionar nuestros problemas, como condición indispensable de nuestro equilibrio, no nos ayuda a tomar las riendas de nuestra vida, ni a empujarla hacia delante siempre con la fuerza justa a medida de nuestras necesidades. La dependencia nos hace estar siempre a merced de los demás. Esto no quiere decir que no sea excelente compartir, siempre que ello no nos haga paralíticos en la toma de decisiones, ni en el saber estar día a día sin el bastón del otro. Nuestras diferencias estriban en la forma en la que nos enfrentamos a las dificultades, no en que estás sucedan a unos y a otros no. En este sentido es curioso el mensaje que Kafka, quien se consideró siempre un fracasado no por su falta de éxito literario sino por su dificultad para vivir (como destino fatal o acción intencionada) víctima de una patética vulnerabilidad, hizo escribir en su bastón:-¦ «Todos los obstáculos me rompen»-¦, sin embargo, en el de Balzac pudo leerse la inscripción contraria:-¦ «Rompo todos los obstáculos». Actitudes muy diferentes frente a lo que ineludiblemente de una forma u otra nos llega a todos.
En séptimo lugar, ligarse a la idea de que el pasado es determinante y que lo que sucedió una vez sigue afectando para siempre, se manifiesta como un necio empecinamiento en lo que ya no es e inmoviliza para poder cambiar las cosas y construir, sin cerrar puertas, un presente mejor aunque tan sólo se distinga por ser diferente.
En octavo lugar, sentirse afligido y preocupado por los problemas de los demás no es un acto de altruismo, sino que a veces se convierte en un intento de suicidio de la fortaleza que en el empeño de ocuparse de todo sólo consigue preocuparse para nada, ya que la mayoría de las veces por mucho que lo deseemos el resultado final nunca dependerá de nosotros.
En noveno lugar, buscar soluciones perfectas y correctas para todo sólo contribuirá a desbordarnos en la tiranía del control absoluto que pronto nos llevará a encorsetarnos en estrechos laberintos en los que nadie querrá entrar. La verdad, la perfección, la seguridad absoluta no existen. Ni siquiera sería bueno que existieran ya que si así fuese, desde ese momento, quedaría la vida sin su más bello engranaje: la posibilidad de confundirnos y la satisfacción de enmendarnos.
Por último, sería deseable que en este año que comenzamos fuésemos capaces de ser inteligentes no sólo para conocer, comprender y entender la vida, sino sobre todo para ejecutarla. Porque con el tiempo uno rompe estereotipos y termina afirmando como George Steiner que «la cultura no hace mejores a las personas». Una pena.

Victoria Malvar Ferreras / Frecuencias reconectivas y expansivas / ReconectArte™
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Info & Sesiones: tel . +34 609 235 848 // Mail reconectarte@gmail.com
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